El Rey Tuerto: género esperpento.

Ayer en el Teatro Cervantes de Málaga se estrenó la obra El Rey Tuerto, de Marc Crehuet. Eso sí, como largometraje a concurso en la 19 edición del Festival de Cine Español de Málaga. La existencia previa de la obra de teatro homónima auguraba para la película el mismo éxito que obtuvo la obra en los escenarios de nuestro país. Y debo decir que no defraudó. El Rey Tuerto es cine del bueno: diversión con incidencia social.

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En esta adaptación al cine, Marc Crehuet no sólo mantiene a los mismos actores y actrices, a cual mejor. Hay otros muchos elementos que son netamente teatrales. Los decorados son austeros. Ya desde los títulos de crédito del inicio se aprecia una estética cuidada que está al servicio del concepto, lo va reduciendo en una cocción lenta sin ingredientes superfluos hasta extraer toda su potencia, como en un buen suquet de peix. Casi la totalidad de la historia transcurre en el interior del piso de David (Alain Hernández) y Lidia (Betsy Túrnez). Paredes empapeladas de donde cuelgan unas cuantas fotos de viajes y una ventana con rejas. Símil depurado del espíritu de esta pareja.

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Desde una óptica platónica, los personajes de David y Nacho (Miki Esparbé) encarnan dos ideas arquetípicas. Todos los policías antidisturbios de nuestro país y todos los antisistema existirían porque participan de algún modo de esas ideas. Son personajes extremos, con unos rasgos esenciales tan marcados que se convierten en caricaturas, dando lugar a secuencias absurdas muy cómicas. En este sentido, la obra está directamente emparentada con el género teatral del esperpento, donde una deformación exagerada de la realidad nos devuelve la imagen desnuda de nuestra sociedad.

La tesis argumental es que, si hay una verdad en este mundo esa es la búsqueda de la felicidad. Pero la felicidad tiene que ver con comprender uno su posición en el mundo, donde el mundo parece ser el elemento objetivo en la ecuación cuyo resultado es la felicidad. Lo que sucede es que, en realidad, la imagen del mundo, aquello que creemos fuera de nosotros, nuestro contexto, no deja de ser una construcción del sujeto, una interpretación. Cuando la interpretación del mundo es extremadamente simple provoca respuestas tendentes a la indiferencia y a la violencia. Mientras que una interpretación excesivamente compleja puede hacernos caer en la auto-complacencia y en la ineficacia.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo hemos de pensar para ser felices? ¿Es el hedonismo egoísta de Lidia la solución? ¿O llevará razón Sandra (Ruth Llopis) defendiendo la posición socrática del intelectualismo moral? La respuesta la hallarás en la película. Y si todo esto no te motiva demasiado, ¿qué me dices de un tuerto que hace de lazarillo para el poli garrulo que le reventó un ojo? En serio, esta película tienes que verla.

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