Arte y sociedad. Sujeto y tradición.

Lobster
Lobster

Aunque estrenada el mes pasado, el otro día estuve en el cine viendo The Lobster (Langosta), el último largometraje del griego Yorgos Lanthimos. Al salir de la sala lo primero que me dije fue “¡qué tostón!”. Luego comencé a rascar en cada letra, en cada signo de esa expresión para descubrir tras la exclamación algo más elaborado, una sensación de liberación. La película muestra un mundo sin sentimientos y, joder, funciona. ¿Quién querría un mundo así para los demás y para sí mismo? El ser cabrón/a es la metafísica que caracteriza al monstruo con el que sueña la Razón absolutamente dominadora. La cabroneidad es el ser que habita en los personajes de Colin Farrell, Rachel Weisz y en todos los que van apareciendo a lo largo del distópico film. La frialdad de esa sociedad se muestra en la acción que se va desarrollando secuencia a secuencia en unos escenarios perfectamente construidos para tal fin. Tonos azules y verdes como sacados de los filtros favoritos de un lánguido instagramer, lagos que reflejan un cielo gris casi blanco, cristales que dejan pasar las nubes, luminosidad de lo inerte, marrones que mueren devorados por el moho y el oscuro musgo de un húmedo bosque, cemento limpio en una ciudad limpia, movimientos al compás de música clásica, imágenes a cámara lenta y una eternidad sin brillo ni contraste. Esta es la grandeza de la película. Todo cuadra. No se trata sólo de conjugar bien un buen argumento. Es en la misma medida el estilo. El Qué y el Cómo haciendo la obra verosímil.

 


Pues bien, en el mismo mes de enero pero 20 años antes se estrenó en las salas de nuestro país
La Haine (El Odio), de Mathieu Kassovitz. El tipo se lo monta tal que así: elige el blanco y negro para contar una historia de los suburbios, usa en el momento adecuado largos planos secuencia para describir un día en la vida de unos chavales secuestrados por la realidad y pone a Cut Killer remezclando Sound of Da Police de KRS-One y Non, Je Ne Regrette Rien de Edith Piaf. Con estas herramientas, entre otras, muestra la historia de una sociedad que cae, y que a medida que va cayendo se repite para serenarse: por ahora va bien, por ahora va bien, por ahora va bien. De eso es de lo que hablo. No de cine de arte y ensayo, no de ejercicios de estilo. Hablo de matar a Kant y al arte autónomo y resucitar a Theodor Adorno y las relaciones entre arte y sociedad.


Hablo de
Ran, sí Ran, del maestro Akira Kurosawa. Película también capricornio pero estrenada hace ahora 30 años. En ella reinterpreta una historia ya contada en la Historia Regum Britanniae de 1135 y en El Rey Lear de William Shakespeare de 1605 ubicándola en el Japón feudal. Planos panorámicos para los soldados tomando posiciones en el campo de batalla, cada uno con su banderín del color de su clan: arminiosa coreografía en amarillo, rojo, azul y negro. Contrapicados que acentúan la fuerza del Gran Señor. Picados que persiguen al mismo personaje cuando ha perdido la cordura y su mirada huye de sí mismo para intentar encontrarse. La ingratitud de los hijos expresada en la violencia y los ríos de sangre, la vejez en la premonición de los sueños que anticipan su soledad y la locura traída por las extrañas nubes. Todo tratado y contado de forma magistral para que la obra de arte surja no solo de la dialéctica que se cuece en su interior sino para que la obra de arte trascienda sus propios límites y se sitúe en múltiples lugares entre sujeto y tradición.

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