Truman: Un yokai en un cuento de Charles Dickens.

La actualidad es despiadada. ¿Recordáis Truman? ¿No es como si todo hubiese ocurrido en los Goya 2015? Como que triunfó en otro tiempo. Pues sólo hace dos meses que se premió a Imposible Films, BD Cine, Cesc Gay, Ricardo Darín, Javier Cámara y Tomàs Aragay.

Ahora que ya casi ha desaparecido de las carteleras, ahora que al leer “Truman” no retumba en nuestra cabeza un eco distorsionado, como en las profundidades de los servicios de una fiesta drum&bass, ahora, digo, voy a hablar de Truman para abrirla en canal y dejar que salgan sus fantasmas.

 

Truman. Truman. Truman. Truman.

 

Tomás (Javier Cámara) aparece un buen día ante la puerta de Julián (Ricardo Darín). Como un yokai japonés en un cuento de Charles Dickens. A partir de ese instante, la presencia de Tomás funciona como autoconciencia de Julián. Es el yo viéndose a sí mismo, en silencio. Murmurando cuestiones esenciales. Un fantasma que altera la perspectiva de Julián y no le deja decir o actuar sin que piense en ello.

 

El teatro se acabó. La función deja paso a lo poco que le queda a Julián de realidad. Las conversaciones son la acción y toman relieve respecto a un entorno que no importa demasiado. Puedes cambiar el segundo plano de cualquier secuencia. No importa. Los personajes seguirán siendo como son. Sin cuándo ni dónde. Fantasmas deslizándose ante unos decorados que van quedando atrás.

El espacio se desvanece. Madrid, Canadá, Amsterdam. El planeta se queda pequeño. Insignificante ante las últimas voluntades de quien se sabe muerto.

El tiempo se paraliza. El humo del tabaco en los bares podría servir de coordenada temporal para situar la historia allá por el 2006, sin embargo resulta más verosímil tomarlo como elemento onírico, flotando en el ambigú previo a la muerte.

 

La honestidad, el valor de decir la verdad y acercarse a ella desde la honradez, es la virtud que desgrana Cesc Gay en la obra. Es la principal característica de la personalidad de Julián, la honestidad de ser fiel a su decisión de no seguir el tratamiento médico. La honestidad con que hace frente a inseguridades como elegir una familia para Truman, inseguridades creadas por una situación que en el fondo no puede controlar, su muerte.

Truman, el perro, representa el papel de la aceptación. Julián acepta la inexorabilidad de su muerte en la imagen simbólica del aeropuerto, cuando se separa de Truman. Aunque el final en el aeropuerto sea abierto y podamos pensar que Julián se dejará morir, acompañado por su prima, tiendo a creer que terminará con su vida una vez que ha encontrado un nuevo hogar para Truman.

 

Lo único que desentona en la película es la banda sonora. La música no recrea la atmósfera enrarecida de esta historia fantasmal. Es muy lineal. Una guitarra monótona que no expresa los giros de los diálogos ni de la propia historia. Música folk, aburrida, bienintencionada y desajustada que le queda corta a una muy buena película.

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